
Hizo mucho para que se enjuiciara a los militares asesinos y torturadores de la última dictadura militar, pero luego colonizó a los organismos de derechos humanos y los utilizó como escudos éticos para legitimar sus polémicas políticas domésticas. Negoció con picardía la deuda externa, pero quedó preso de pecados y supersticiones ideológicas y sin crédito internacional, como lo tuvieron y tienen Brasil y Chile.
Alentó una nueva y prestigiosa Corte Suprema de Justicia, pero al final se dedicó a hostigarla porque fallaba en contra de sus deseos. Tuvo gestos progresistas, como impulsar el matrimonio gay, pero se alió con lo más rancio de la derecha peronista y de la corporación sindical. Su política principal fue la división. Dividir para reinar, el truco más viejo del mundo. Cuando algún sector se le resistía ponía toda la voluntad y el dinero del Estado para dividir, crear batallas internas, atizar enconos y debilitar al adversario, a quien consideraba lisa y llanamente un enemigo.
Tenía una verdadera obsesión por controlar los medios de comunicación. Detestaba en la intimidad a los periodistas: puso a unos contra otros y montó con dineros públicos programas de televisión estatal o paraestatal para que se burlaran de ellos y se los desacreditara en campañas repetitivas y siniestras. Intentó de distintas maneras controlar el insumo básico de los diarios -el papel- para controlar así sus contenidos. Y procuró arrebatarle a varias compañías mediáticas señales de cable y frecuencias radiales. Se levantaba todos los días y mientras hacía ejercicios leía los diarios y se enfurecía. Cada media hora, a lo largo de todo el día y de todos los días del año, sus colaboradores más íntimos le acercaban informes de lo que había dicho cada comentarista o reportero en la televisión y en la radio. Y aplicaba en consecuencia premios y castigos con la publicidad oficial, que creció exponencialmente y sin control alguno durante siete años. Era una tarea que, como muchas otras, no delegaba: él mismo miraba las pautas y daba leña a los disidentes más molestos del periodismo argentino. Muchas veces telefoneaba a los dueños de canales o emisoras para quejarse por determinado periodista y a veces para pedir directamente su cabeza.
Quería editar la realidad, como lo había hecho en la provincia de Santa Cruz. Y esa utopía lo llevó a batallas homéricas contra la prensa, que para el kirchnerismo fue el enemigo número uno. Independientemente de esto, fue un hombre de fuertes convicciones, y siempre es conmovedor y a la vez espeluznante descubrir en las personas una fe ciega. Tuvo dos episodios cardíacos y le pidieron que cambiara de vida. Dicen que ya tenía secretamente decidido cederle a su mujer la próxima candidatura presidencial. Pero era incapaz de hacerle caso a los médicos y seguía adelante, controlando personalmente las cuentas de la economía, guerreando contra la prensa, cooptando dirigentes, negociando apoyos y haciéndose mala sangre por el inevitable desgaste del poder, que lo estaba abandonando, y por las convulsiones que provocaba su propia política de división y por la alta inflación que generaba su modelo económico.
Pero no podía parar. No podía parar. Seguía y seguía sin tener en cuenta los consejos, sintiéndose de algún modo inmortal o buscando inconscientemente un límite. "De aquí me van a sacar muerto". Su profecía se cumplió.



